MUSAS

by - abril 24, 2018




En la mitología griega, las musas eran, según los escritores más antiguos, las divinidades inspiradoras de la música y el arte.

Un efecto secundario de este culto a dichas divinidades lo vemos reflejado en la palabra museo (originariamente, “lugar de culto a las musas”) para referirse a un lugar destinado a la exhibición pública de conocimiento.


Actualmente una musa puede ser una persona digamos, normal, de carne y hueso que simplemente nos inspira “eso” que necesitamos para crear, y con ello, la elevamos a un pódium de connotaciones místicas. Las musas pueden llamarse inspiración y según el momento o necesidad usamos nombre o apellido.

Catherine Hessling fue la inspiración de Henri Matisse, que mas adelante se la presentaría a Renoir.
Gala fue musa y precursora del arte inagotable de Dalí o como Lee Miller lo fue del fotógrafo Man Ray y en su momento también lo sería de Picasso.
El arte esta lleno de musas, de antídotos contra el abismo que todo artista teme y con el que llega a convivir irremediablemente.

Pero no solo debemos centrarlo en una persona; tal vez un lugar, una situación o un objeto sin más puede representar esa pequeña musa que nos da el empujón, tirón de orejas o un grito al oído.

No siempre todo fluye con precisión, no todo es creatividad desbordante, productividad sin fin o un enorme festín de ideas estrictamente resueltas; por lo que la musa de cada uno es un Ángel de la guarda obligado, una creencia de agnóstico, el hombro donde llorar cuando el río se seca y la luz que ya no entra a raudales, sino que se cuela difícilmente por las rendijas de la imponente ausencia de la motivación, de las soluciones.

La inspiración es mejor que te pille trabajando sí, pero la motivación es muy perra y los pies gruñen y deambulan cual sonámbulos taciturnos en el umbral del estudio sin querer a penas pisarlo cuando la luz se ha ido y la sequía es larga.

Confieso que yo también vuelco mis frustraciones sobre mi musa bohemia y caprichosa, puesto que yo también creo en mi ángel de la guarda, en ese ángel que se vuelve musa divinizada para aquellos que pretendemos el arte, para los que las imágenes deben ir más allá de los sentidos y el razonamiento más simple resumido en complejas teorías. Tal que así.

Soy una obsesa del orden hasta el extremo de buscar la mayor de las lógicas en el caos de la pincelada expresionista; porque la musa es caprichosa, intensa y  racional hasta tal punto que el desbocamiento es atractivo para el que observa pero feroz para el que obra.

Cada uno define y vive su musa según el extremo al que quiera llegar, porque el arte de cada individuo comienza con las primeras miradas de espectador y alcanza la vida eterna bajo la aprobación o el entendimiento del que juzga la musa de cada uno. El espectador. Aunque en cierto modo nosotros igualmente somos espectadores de nuestra propia obra, de nuestra musa.

 

Marta Besada

 

 

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